sábado, 29 de diciembre de 2007

"El Jazz de nuestra tierra"

La historia de los hechos comunes, de la vida diaria, de aquellos que no son fechas patrias y cuyos sucesos se superponen entre sí sin establecer límites y diferenciaciones claras constituye una labor no muy sencilla para quien recopila la información. Es necesario apelar a los recuerdos, muchas veces confundidos por la distancia; por los registros periodísticos, otras veces adornados por el escritor de turno y por la memoria, los cuales inevitablemente deben ser confrontados para evitar subjetividades.
De esto no escapa el jazz. La historia narrada en los Estados Unidos que abarca desde sus orígenes a finales del siglo pasado hasta alrededor de 1915 esta llena de mitos y nombres de músicos que nunca pudieron grabar, recordados por sus colegas como verdaderas maravillas y ya que estos se han ganado el respeto de las generaciones siguientes, esas reminiscencias se han convertido en verdades aceptadas. Esos primeros años fueron traumáticos, porque lo que se tocaba y que luego fue conocido como jazz era mirado con desdén por los blancos e inclusive por los negros de las clases medias quienes lo consideraban una música de negro marginal. Luego de estos dramas el género se impuso en muchos países y quienes los fueron conociendo en épocas posteriores no vivieron ese pasado tormentoso pero si experimentaron las influencias del invasor.
En sus inicios el jazz fue una música para bailar, así lo entendió la mayoría y con este esquema fue ocupando los terrenos de otras músicas nacionales, desplazándolas en algunos casos o llegando a apropiarse de una gran cantidad de sus seguidores. Esta es la razón por lo cual las reseñas de los dos primeros capítulos están fuertemente enlazados con las actividades festivas en Venezuela. Su posterior evolución hacia el desarrollo individual, la improvisación como factor importante y la investigación en los campos armónicos, rítmicos y melódicos, le eliminó su carácter primigenio alejándole la multitud inicial que lo acampañaba. Este fue un fenómeno mundial.
Hemos hecho de nosotros, como algo natural, cualquier actividad musical que nos venga de regiones de habla hispana pero cuando provienen de fuentes anglosajonas son vistas con recelo. Ahora bien, gustar del jazz no significa depender de una cultura foránea, ni la ausencia de estima por lo autóctono, ni un signo de distinción. Por el contrario existen numerosas personas que lo disfrutan y no son consideradas "cultas". Es clasificada como una música elitesca por el sólo hecho de no estar inmersa dentro de los parámetros facilistas impuestos por las sellos disqueros para obtener ingresos rápidos a su inversión.
Venezuela, como le ha ocurrido a otras regiones, ha estado recibiendo estos cambios prácticamente desde el comienzo. Esto no significa que cada una de esas corriente se haya vivido con la misma intensidad que en el país de origen. No obstante los músicos que lo han practicado y los melómanos que lo han seguido siempre han sido una minoría preocupada por la vanguardia y de esas evoluciones pueden dar fe. El crecimiento y la madurez de ambos han sido unos de los factores más importantes para reunir en un crisol los elementos de nuestra música con los del jazz y así producir un sonido propio que poco a poco irá cristalizando en un movimiento con características diferenciables.
Como muestra de uno de los tantos trabajos de Jazz en Venezuela, se puede hacer referencia a cuatro jóvenes talentos estudiantes del Instituo Universitario de Estudios Musicales (IUDEM), Abelardo Bolaño (batería), Antonio Mazzei (piano), Heriberto Rojas (bajo eléctrico) y Orlando Molina (guitarra). Tema: Incienso, alas y máscaras...

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