jueves, 3 de enero de 2008

Coincidencias

Isabella es una mujer encantadora: sociable, comprensiva, inteligente y dice ser escritora, o por lo menos dice intentar escribir. A las personas les gustan sus escritos pero a ella realmente no le importa. Escribe para ella, para su alma, para las personas que están dentro de ella, que forman parte precisamente de ella misma.
Le fascina inventar personajes y crearles una forma de sentir, dormir y oler. “Si vamos a hacer pendejadas, hagámoslas –dijo-, pero que sea como gente grande”: cada personaje creado, es ella misma. Ni más ni menos. Todo lo que hace es plasmarse con el nombre que más le gusta ese día y con el sexo que prefiera para ese momento.
No menosprecia la vida de los demás, pero vive la suya sin interesarle más nada. Si le mandan a escribir sobre algo: un libro, una historia, hace un esfuerzo gigante por tratar de cumplir las pautas que le dan porque ella siempre se va un poco más allá; busca entre los recovecos del libro, de la historia y crea un libro propio, una historia propia. No le importa cumplirle el objetivo al jefe o al profe… le preocupa cumplirse su propio objetivo al escribir: identificarse, reflejarse, descubrirse, liricalizarse – si es que existe esa palabra (risas).
La lírica es un arte individual, subjetivo, cuyas características principales es la belleza estética y el compromiso que nos lleva a la reflexión.
Igual que Florentino Ariza, en “El amor en los tiempos del cólera”, Isabella crea. Ambos crean su vida, sus escrituras, les importa ellos y aquellas personas que no las pueden ver como ajenas a sus cuerpo, aquellos individuos que junto a ellos hacen una sola persona y realizan una subjetividad. Florentino e Isabella responden a sus sentimientos que son sus más grandes compromisos y eso los empuja a la reflexión continua: segundo tras segundo. La belleza estética se evidencia en el vivir, las palabras bonitas solo vuelan con el aire, las experiencias quedan y embellecen.

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