lunes, 7 de enero de 2008

Cuando no alcanzan las palabras


Un niño de dos años, como cualquier persona, posee un universo que es tan amplio como su vocabulario. El del niño en particular es un compendio que incluye: mamá, papá, agua, más, "chi", "ño", "guau-guau" y otras tantas de un vocabulario propio con el que absorbe en su mundo a todo el que quiera comprenderlo. Un ejemplo claro es mi primo Luis, quien perdió su nombre desde que el susodicho de dos años (que también es mi primo) comenzó a decirle "Chichi". En el diccionario familiar que me escribí estas vacaciones también está "cucu"; la única manera de referirse al chupón. Quien no convive diariamente con esta tierna neo-lengua (mmm yo) no encuentra la manera de relacionarse con ese pequeño que grita "cucu" mientras llora en el medio de la cocina. ¿"Cucu", pero qué demonios es "cucu"? Decía torpemente mientras le pasaba al bebé servilletas, frascos de mermelada y creyones en un intento desesperado por calmar su llanto. Al fin llega mi tía y dice: ¿quieres tu cucu nené, toma aquí está? Y le estampa el condenado chupón en la boca. El pequeño neófito se va contento a ponerle nombres nuevos a esa realidad que es suya y que aún los "adultos adictos al consenso" no hemos logrado moldear a nuestra imagen y semejanza. El pequeño me demuestra que su llanto es el primer contacto con la nada que es el lenguaje y se presenta cuando el deseo infantil supera la posibilidad expresiva.

Más allá de la amplitud del universo expresivo, la deficiencia del lenguaje se encuentra en la incapacidad de utilizar palabras propias para experiencias propias, y resignarse con las aproximaciones arbitrarias que más o menos se ajustan a la individualidad de cada quien. El sustantivo "amor", por ejemplo, es manejado por todos los niños del primer grado que abren esta mañana de palmo a palmo su libro de colorear. Aunque amor a los 7 sólo viene en 2X1 (gratis de mamá y a fuerza de piruetas y acertadas tablas de multiplicar de papá) los chicos fingíamos y siguen fingiendo muy bien entenderlo. A los 13, con la pubertad atravezada, hubo quien se paró en la mesa del cafetín a gritar "me enamoré", sólo para darse cuenta 8 años después que eso no era amor como el de ahora, que probablemente el de ahora no sea amor en cinco años más, y que probablemente nada sea amor más que la ansiedad de agarrarlo con las dos manos y no dejar que se vaya. Un continuo fingir que la palabrita es un contrato que todos leímos, comprendimos y firmamos, con un contra-documento adjunto. Te amo, pero… (ay coño). Son precisamente las palabras las que nos atan a las cosas...

Si cada niño arrastra un fonema personal para palabras comunes y cada amante ama distinto con el mismo verbo amar, no sorprende que la percepción bien y del mal se diluya dentro del lenguaje. En una nación hipotética donde sólo exista malo; es malo robar, matar, cometer adulterio y mearse en el jardín de tu vecino, por ello sin duda te castigarán. Pero en otra donde se ha desarrollado una terminología de la excusa llena de pecados veniales y mentiritas blancas existirá quién haga un poco de servicio comunitario, quién pague una multa y quien cumpla unas ridículas 7 cadenas perpetuas tan ridículas como las 7 medallas en el pecho de un soldado. Aquí comienzan los relativos y las lágrimas del hombre que sólo quiere ver de frente el absoluto. Si cambian los valores es porque cambian los sujetos que los crean, entonces la fulana universalidad de la "condición humana" no existe y nace la aversión al lenguaje que nos precipita en el mutismo.

Expresar una idea a través del lenguaje supone casi un acto de fe, un compromiso con la palabra y el interlocutor. Para "Así Habló Zaratustra" se suele afirmar que la incapacidad de comprender el mensaje sólo puede atribuirse al lenguaje o en su defecto al receptor, pues sólo una plena empatía con Zaratustra posibilita la receptividad de sus palabras. El miedo de no ser comprendido se traduce en una búsqueda de culpables con el fin de cubrir la propia incapacidad del autor para alcanzar la verdad. Nietzche, en un afán de sinceridad, rechaza el lenguaje pues está imposibilitado de dar cuerpo a su espíritu de la manera que él lo desea, así que es como si no sirviese en lo absoluto. A unque este transplante de la culpa podría considerarse cobarde, juzgar la contradicción de Nietzsche en cuanto a "critica al lenguaje y sin embargo lo usa" peca de sistematizar al también detractor del sistema. Buscar la unidad y la coherencia a través de un planteamiento lógico es cerrar los ojos ante la realidad de que Nietzsche sea actitudinal y estacionario, que no posee voluntad de orden y que no se puede sustituir en la X de una función matemática.

La contradicción nos pertenece puesto que "el pensamiento no se adhiere al ser" y en un grito desesperado no hay otra manera de trascendencia temporal para aborrecer el lenguaje que no incluya la palabra.

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