Eran las diez de la mañana cuando el sonido de unos tacones aproximándose lentamente y el primoroso aroma que de pronto comenzaba a mezclarse con el viento, delataron indicios suficientes para anunciar su llegada. Efectivamente allí estaba ella, parada frente a la puerta de mi casa, tan elegante como siempre. Lucía una camisa púrpura bordada en seda, un pantalón de gabardina negra y sus habituales y sonoros zapatos -que a pesar de las afecciones en sus rodillas y las recomendaciones del médico nunca dejaba de usar. Sobre su cuello colgaba una cadena de oro haciendo juego con los zarcillos y una llamativa colección de pulseras. En su tez blanca, con discretos lunares distribuidos casi cuidadosamente, se evidenciaba el esmero con el que daba cuidado e hidratación a su cuerpo. Sus cabellos teñidos de negro azabache y brillantes como una mesita recién pulida, hacían piruetas con el viento dejándose enredar con la brisa. Las manos adornadas con un par de anillos y unas largas y delicadas uñas pintadas con un rojo intenso, acentuaban la usual coquetería de esta dama.
Sin embargo, ni el esplendor de su imagen ni el maquillaje sobre su rostro lograban esconder las huellas dejadas por los años. Su cuerpo se mostraba cansado; ya había perdido la lozanía de aquellos años mozos, cuando la picardía en su mirada y algún escote pronunciado eran motivos suficientes para ganarse las más insinuantes miradas. Ahora, después de 74 años, no lucía igual. Las curvas habían sido sustituidas por la flacidez e irregualridades adquiridas en el largo camino, los senos perdieron firmeza, en su rostro era difícil encontrar algún espacio carente de discontinuidad, su espalda comenzaba a encorvarse como a quien le pesan las cargas acumuladas con el tiempo. En el brillo de sus ojos se confundía la experiencia de una abuela con la inocencia de una tierna niñita, y es que parece que aunque su cuerpo sigue el rumbo, su alma retorna y vuelve a la más primitiva esencia.
Bastaba con escucharla hablar o verla caminar para revelar la fuerza y decisión que aún conservaba como pilares fundamentales de su personalidad. Sus recurrentes sonrisas y tertulias no faltaban en ninguna de las visitas que solía y suele hacer todos los domingos por la mañana, cuando mi casa se impregna de su perfume y se llena de la fresca alegría que sólo sabe trasmitir esta peculiar abuelita.
N.M
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