Ahí estaba ella, sentada como siempre en su mecedora vieja de caoba en el patio de la casa, engalanada con un hermoso vestido blanco de tela muy suave y de encajes sublimes que contrastaban perfectamente con su piel blanca como la leche y perfumada por el dulce aroma que emana la experiencia de noventa y siete años de vida.
Estaba, como siempre, esperando la llegada de sus diez hijos, cuarenta y siete nietos, treinta y nueve bisnietos y siete tataranietos, luego de haber tomado un baño de casi una hora y de haber cocinado toda una mañana para nosotros. Siempre su saludo era darnos la bendición acompañada con una sonrisa extraordinaria de sus finos labios que daba la bienvenida inmediata al brillo de sus ojos grises opacados por sus anteojos, pero que no impedían que con sus rayos iluminaran las innumerables arrugas de su maravilloso rostro. Sus manos tan sutiles como el algodón tocaban con gran dulzura cada una de nuestras mejillas, brindándonos a su lado instantes de felicidad y seguridad irremplazables.
¿Su nombre? Candelaria como la Virgen. Como María llevó a cabo su misión natural de ser madre y mujer con valentía; nos sostenía con amor materno en las pruebas de la vida. Fue esposa, hija, hermana y amiga fiel; nunca confundió ni mezcló los roles que desempeñaba en la vida, sabía perfectamente cómo hacer y qué hacer para cada momento. Su vida es ejemplo para su descendencia. Tan solo al verle a los ojos, a pesar de su baja estatura, sabías que paradójicamente ella había sido durante toda su vida una de las grandes guerreras de la historia, pero también una sofisticada reina a la cual le era imposible pasar desapercibida.
Funciones en la vida tuvo muchísimas, las inició con un cabello nigérrimo, liso y largo hasta la cintura que con el paso del tiempo se transformó en una hermosa cascada de nieve que se veía brotar de su cabeza. Sus últimos días fueron llenos de dignidad, amor y respeto, y estuvieron invadidos por Dios y sus familiares.
Tan bella como siempre, el 23 de mayo de 2.006, junto a mí, exhaló su último suspiro lleno de paz y de comunión con el mundo que en ese momento dejaba.
Hoy, queda en la casa la mecedora vacía por su ausencia física, y rincones llenos de recuerdos luego de su partida a un nuevo hogar que indudablemente disfruta ahora de su belleza y esplendor.
jueves, 3 de enero de 2008
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