Venezuela tras las rejas
"Una nación se juzga por como trata a los marginados: los presos".
Excluyente, violenta, deshumanizada y corructa son algunos de los calificativos que le podemos atribuir a Venezuela, si partimos de la afirmación realizada por el Premio Nobel de la Paz, Nelson Mandela. A pesar de ser la población penitenciaria de nuestro país una de las más pequeñas, las cárceles venezolanas se ubican entre las más peligrosas, violentas y corruptas del mundo.
En Venezuela la crisis carcelaria ha alcanzado tal punto de corrupción que los presos deben pagar por todo. Pagan por tener un colchón donde dormir, pagan por un calabozo en el cual sentirse seguros, pagan para poder respirar y hasta para tener la certeza de volver a despertar. En un país donde la línea divisoria entre derechos y deberes se ve borrosa, no es difícil eliminar los derechos de unos para que otros ejerzan sus "deberes".
El hacinamiento es otra arista del problema. Enfermedades, violaciones y abandono son las consecuencias de la aglomeración de estos seres humanos. Males ya erradicados como el paludismo y la tuberculosis reaparecen por las malas condiciones sanitarias; el ambiente también se presta para mantener relaciones sexuales indiscriminadamente, trayendo como resultado la multiplicación del VIH. Frente a esta situación ni las autoridades sanitarias ni la población parecen manifestarse, lo que contribuye al veloz incremento de la situación inhumana en la que sobreviven los presos.
Miles de reclusos venezolanos mueren anualmente, otros son gravemente heridos debido a los malos controles ejercidos por los agentes carcelarios. La proliferación de armas de fuego y de armas blancas actúa como principal protagonista de crueles luchas por el control y el liderazgo dentro de los pabellones. La violencia evidentemente también forma parte de esta pesadilla.
Los derechos humanos no existen del otro lado de las rejas, los reclusos son expuestos a las más denigrantes condiciones de vida. La promesa es salir rehabilitado, pero la cruda realidad es que muchos mueren antes de cumplir la condena y los que logran sobrevivir son condenados por la sociedad entera.
El sistema penitenciario venezolano se ha convertido en un "criadero" de antivalores, donde el más fuerte es quien sobrevive. La desidia, el egoismo, el odio y el resentimiento forman parte de esta realidad, que avanza vertiginosamente mientras es observada con gran indiferencia. No me refiero tan solo a la indiferencia gubernamental o política sino también a la indiferencia de cada venezolano, quienes parecemos no sensibilizarnos ante este cruel escenario. No podemos olvidar que más allá de cualquier otro epíteto, a estos seres les corresponde por naturaleza el de humanos.
Arturo Uslar Pietri habla de un minotauro que "acecha la vida de nuestra nación". Si realmente en Venezuela crece un mostruo devorador que "viola el mandato divino y la regla natural" no está creciendo a raíz del inadecuado uso del petróleo, lo estamos engendrando nosotros con la falta de compasión y empatía hacia nuestro prójimo. No hay peor criatura destructora para una sociedad que la deshumanización. Es labor de cada venezolano tomar conciencia y no permitir que en Venezuela se cruce la delgada línea que separa el hecho de ser o no ser humanos.
N.M
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