Sexo SentidoEl año que vivimos peligrosamente
Luis Fernandez luis@luisfernandez.net
Es el título de una película de Peter Weir, pero bien puede aplicarse al modo en que muy probablemente la mayoría de nosotros ha vivido en el año que acaba de terminar. Un año en el que hemos cometido un sinfín de errores que no hemos querido siquiera reconocer.Uno en el que tal vez hemos pedido menos disculpas de las necesarias. Al final de cuentas, un año que podría resumirse para muchos, y en el mejor de los casos, como difícil.Comentan los expertos que nunca es tarde para enmendar los errores cometidos y asumir las consecuencias, que siempre es posible disculparnos por lo que hayamos hecho y que las dificultades, dicen, vistas en positivo, nos brindan la valiosa oportunidad de superarlas y en ese proceso, pues, evolucionar. Y no digo que no sea verdad.Sin embargo, creo que no es por casualidad que las fiestas navideñas vengan al final del año. Si bien se supone que durante este período celebremos el nacimiento del Niño Jesús o el Hanukkah con su debido recogimiento religioso, seamos francos, la navidad nos presenta la ocasión perfecta para excedernos en prácticamente todo, atontarnos con rumbas y gaitas, y sumergir en alcohol y fiesta toda posibilidad de evaluar lo que hemos logrado en el año que termina. ¿Y quién puede culparnos? ¿Acaso es posible reunirse en familia, digamos, en Nochebuena, y soportar estoicamente cómo todas nuestras disfunciones familiares emergen como los ingredientes de una hallaca que no nos queremos comer? ¿Hay que soportar sobrios que nos pregunten por el trabajo que odias, el sueldo que no te alcanza, el cacho que te montaron, el fracaso de tu matrimonio o el novio que no tienes todavía ya bien entrada en los treinta? Yo creo que sería injusto que tuviéramos que pasar por esto sin, aunque sea, una medio pea con Ponche Crema. Luego vienen los deseos de fin de año que con cada campanada te recuerdan que son prácticamente los mismos del año pasado, porque todavía no eres rico o no has dado con el hombre de tu vida. Así que nos tragamos las uvas de la amargura con suficientes copas de champaña, aunque sea de la barata, hasta que el mareo nos distraiga de nuestro propio fracaso.Y entonces llega ésta, la primera semana del año, en la que aún no comienza del todo la rutina de clase media que te aturde y te impide pensar, y una suerte de depresión posparto se apodera de ti. ¿Será que este año sí la pego? ¿Será que aparece el tipo? ¿Será que me gano el Kino? ¿Será? Sabemos que la respuesta es "probablemente no", pero nos la negamos optimistamente. Porque ¿cuál sería entonces la alternativa? Dicen los que saben de estas cosas que todo comienzo es positivo porque te da la oportunidad, en efecto, de hacer las cosas distintas, no cometer los mismos errores y lograr, por fin, las ansiadas metas.Dicen además que si empezamos por replantearnos estas metas y nos proponemos, por ejemplo, en lugar de ganarnos la lotería, dar con un trabajo en el que pueda ejercer mi vocación; en lugar de encontrar al hombre de mi vida, conocer a alguien interesante con el que pueda compartir sueños y vivencias, tal vez podamos ser más asertivos y no tener que desear las mismas zoquetadas dentro de doce meses. Pero para eso tendríamos que comenzar por reconocer que nos hemos equivocado, tendríamos que ver claramente todo el daño que hemos hecho y el sufrimiento que hemos (y nos hemos) producido, y tomar, sobre todo, responsabilidad sobre nuestras decisiones.Yo felicito de todo corazón a los valientes que hoy son más responsables que ayer y que se enrumban por el camino de la felicidad. Los demás, no se preocupen que la depresión pasa, y si no, tranquilos, ya no falta nada para Carnaval.
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